Casimiro Alonso. Siete décadas de cazador.

Quiero dedicar esta colaboración a todos los veteranos para los que la caza fue y es mucho más que una afición y de cuya sabiduría nos nutrimos tantos de nosotros, a ellos mi más sincera admiración y respeto.
Comenzaba en mi primer paso por esta revista haciendo una dedicatoria a quien fue mi maestro e introductor en este maravilloso mundo de la caza y el perro de muestra, mi tío Casimiro Alonso. Ahora cuando ya ha cumplido 84 años me pareció oportuno mantener una conversación con él para que contase las vivencias de lo que fue y es todavía su tránsito por el mundo cinegético. Tratar de condensar en unas cuartillas más de 70 años de patear monte con todas las experiencias que ello conlleva es tarea casi imposible al menos para mí, pues  creo haría falta un libro bien grueso para plasmar los avatares de tantos años. No obstante voy a tratar de reflejar aunque sea muy someramente toda esta larga etapa.
Antes quisiera describir su carácter tanto en el día a día como en su faceta cazadora pues el uno va indefectiblemente asociado con el otro. Casimiro es un hombre de unos principios fuertemente arraigados para bien o para mal, austero, discreto y reservado, servicial y amigo de sus amigos, sin ápice de egoísmo, su palabra es ley. Esto se refleja en su comportamiento en el monte, con una fortaleza física que le permitía varios días seguidos en jornadas de 9 o más horas sin acusar cansancio, sin desmayar ante la falta o escasez de caza, “leyendo” los cazaderos, extraordinariamente localizaba los lugares querenciosos de la salvajina sin casi equivocarse, muy buen tirador y excelente adiestrador, conseguía llevar al perro a la distancia adecuada según fuese la orografía del terreno. Otra virtud es su falta de egoísmo y su gran compañerismo, ya que cuando tenía al perro en muestra avisaba a los compañeros o a cualquier cazador que anduviese por la zona (aunque no fuera conocido) para que se acercase y pudiese disparar. Siempre está dispuesto a transmitir sus conocimientos y experiencia a los jóvenes cazadores y tiene una memoria fotográfica que le permite relatar con todo detalle cacerías de hace 60 años. Y lo más importante es que siempre mantuvo ante la caza una ética y un respeto total. Aunque todo esto pudiera parecer exagerado por tratarse de un familiar no esta aumentado ni un ápice pues pueden corroborarlo cantidad de compañeros que compartieron jornadas de caza. No solo fue mi referente como cazador sino también de otros jóvenes, entre ellos su ahijado, mi hijo Javier.
1 de Agosto de 2011. Cae la tarde y llueve. Sentados en el cobertizo, le invito a que me haga un resumen de su vida como cazador. Se queda un momento ensimismado, como recordando tiempos pretéritos y comienza lo que va a ser casi un monólogo.

Casimiro: como bien sabes en nuestro pueblo hay una gran tradición a la caza. Te puedo decir que a últimos del siglo XIX ya había varios vecinos que la practicaban. Esta afición continúa con el paso de los años, renovándose como es lógico los practicantes debido al paso del tiempo. En estos años los perros que usaban no eran de razas puras, aunque ya se veían algunos pointer y setter puros, pero estos estaban casi siempre en poder de gente adinerada. El camino que circula por delante de nuestra casa era lugar de paso obligado por alguno de aquellos aficionados para dirigirse a cazaderos cercanos y yo con siete u ocho años cuando los veía pasar, salía tras ellos para ir acariciando los perros, ver las escopetas y escuchar sus comentarios. Los acompañaba hasta donde mis fuerzas me permitían. En aquellos tiempos debido a la escasez de medios los montes cercanos eran los cazaderos habituales y la arcea en gran medida y en alguna ocasión la escasa perdiz rubia las especias a cazar. El periodo comprendido entre 1936 y 1939 por causas obvias motivó que no se practicase la caza y no es hasta el año 1940 cuando se vuelve a retomar esta afición. Para entonces yo ya iba camino de los trece años y acudía siempre que podía con mis vecinos haciendo las veces de vigía o atalaya tratando de localizar hacia donde se dirigían o se posaban las piezas. Así transcurrieron varios años hasta que cumplidos los diecinueve compré con mi primo “Fael” mi primera escopeta marca “La perdiz”. Era de segunda mano, calibre dieciséis y de perrillos; el precio 125 pesetas. Esta escopeta supuso un punto de inflexión en mi afición pues por una parte propició que comenzase a disparar a la caza y además ir acompañado de mi primo, bastante mayor que yo y un verdadero maestro. Como auxiliar canino llevábamos a la “Lerta” perra de color hígado propiedad de “Fael”. Aunque era hija de un setter, su pelo era fino, fruto de algún cruce de sus antepasados, era blanda de patas y dura de boca, pero con unos excelentes vientos y una gran muestra. Munición, nunca pasaba de los cinco o seis cartuchos de baja calidad y su precio no llegaba los cincuenta céntimos de peseta la unidad. Al no disponer de canana los guardábamos en el bolso de la chaqueta. Nuestra indumentaria se componía de la ropa más usada que dispusiésemos, casi siempre llena de remiendos y calzábamos zuecos o las típicas “madreñas” asturianas. Para protegernos de la lluvia, un viejo paraguas colgado a la espalda. Los cazaderos limítrofes tenían una buena densidad de caza y con nuestro calzado no nos podíamos alejar mucho más. Aprendí a disparar aceptablemente con bastante rapidez y casi siempre regresábamos con una percha satisfactoria. A veces, aunque procurábamos afinar mucho el disparo, los cartuchos se terminaban a mediodía o antes y teníamos que regresar a casa. El producto de nuestras cazatas era vendido en Oviedo por Esther, la mujer de mi primo, al precio de diez pesetas la pieza. Este dinero lo invertíamos en la compra de cartuchos y otros gastos. En los disparos nos íbamos turnando “Fael” y yo sin que hubiera una regla matemática, unas veces tiraba él varias veces seguidas y otras yo.
Entre los años 1945 y 1950 tengo que hacer el servicio militar por lo que suspendo mi actividad cazadora, pero mi amigo Eloy me regala el “Delco”, un precioso cachorro pointer que pasa a ser el primer perro de mi propiedad. En estos años pasados aunque “Fael” era mi habitual compañero también salía con otros grandes amigos y excelentes cazadores:  Manolo “Pilina” y Eloy, ambos con una afición desmesurada. Terminada la “mili” reinicio mi actividad cazadora, compro mis primeras botas de goma y mi hermano Ricardo y mi cuñada Pilar me regalan la primera canana. También dispongo de una bicicleta propiedad de mi hermano, lo que nos permite ampliar nuestro territorio de caza. Aún así muchas veces teníamos que hacer el recorrido a pie durante siete u ocho horas. A las bicicletas les habíamos acoplado en el portabultos un cajón de madera para llevar al perro. Cuando la carretera se empinaba mucho, tanto perro como cazador teníamos que poner pie a tierra hasta que el terreno fuese favorable. La bicicleta nos permitió cazar en otros concejos como Yernes y Tameza, Candamo, Salas o Belmonte. Con los años el grupo de cazadores fue aumentado, por lo que la cuadrilla no estaba compuesta siempre por la misma gente. Algunos de los nuevos amigos tenían coche o moto por lo que pudimos cazar en lugares aún más alejados.



A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta aparecen dos hombres muy importantes en mi andar cinegético con los que formé grupo durante muchos años: “Álvaro el de la sierra” gran cazador y tirador y “Manolo Quitina” familiar nuestro, también excelente cazador y el hombre con más facultades físicas que he visto en todos mis años de caza. También se incorporan “Manolín Luengo”, nuestro primo Manolito (hijo de “Fael”), y varios aficionados de Oviedo y Grado. Las perchas solían ser abundantes pues disponíamos de perros excelentes, buena forma física y puntería, cazaderos con abundante caza y escasa competencia. A fínales de los sesenta el número de vehículos aumentó, así como el número de componentes del grupo tales como Marcos Luengo, Valentín, tú mismo y de forma aislada algún amigo más, por lo que muchas veces aunque íbamos a la misma zona no cazábamos todos juntos para no estorbarnos sino que nos dividíamos en dos o más grupos y cubríamos mucho más terreno. En esta época ya los montes se iban saturando de cazadores así que optábamos por ir a lugares a los que costase bastante tiempo y trabajo acceder y fuesen duros de cazar pues en estos sitios la afluencia de gente era escasa. Sacrificándonos y cazando desde el amanecer hasta el oscurecer solíamos hacer buenos “piños”. Con el tiempo la caza empieza a escasear, el número de cotos va aumentando y el terreno libre se reduce a la mínima expresión. La mayoría de los cazadores se vuelcan en estos lugares por lo que quedan prácticamente arrasados. Algunos todavía pudimos cazar en cotos privados de Asturias y León pagando una importante cantidad de dinero (al menos para mi bolsillo) y disfrutamos de buenos terrenos y la suficiente caza, pero los precios se dispararon y los años también iban pasando, por lo que nos incorporamos a nuestro pesar a lo que hoy en Asturias se denominan “cotos regionales” que vienen a ser las superficies de cada municipio. Estos cotos también cuestan un buen dinero y son compartidos por cazadores de pelo y pluma, aunque sólo se puede cazar la arcea, cada vez más acosada, y las llamadas perdices de bote pues las autóctonas escasean de forma alarmante y están vedadas (creo que con buen criterio). Aunque en años anteriores nos habíamos dedicado casi en exclusiva a la cazar perdices rubias y pardas, la arcea no quedó relegada.
Moscón Roxu: Háblame de los cambios en el mundo de la caza desde tus comienzos hasta nuestros días.
Casimiro: Voy a ir por partes, porque creo que la pregunta lo requiere. Respecto al vestuario, debido a la precariedad económica que muchos de nosotros padecíamos, se componía de las ropas más usadas y calzábamos zuecos o “madreñas”. Quien tenía la suerte de tener un par de botas no las usaba para la caza sino para otros menesteres. Aunque el paragüas casi siempre nos acompañaba las mojaduras eran de aúpa y si te mojabas a primera hora tenías que aguantar todo el día con el cuerpo empapado. Más adelante ya fuimos adquiriendo botas de goma y algún “Plexiglas” que solucionaba en parte el problema. También se empezaron a usar las chaquetas y pantalones de segunda mano del ejército que comprábamos en los rastros. Aunque usados, eran de buena calidad y prestaban un buen servicio. Si en el cazadero había cabañas de pastores las usábamos para resguardarnos de la lluvia y hacer en los soportales un pequeño fuego para calentarnos o secarnos si estábamos mojados. Incluso las usábamos para dormir si estábamos cazando más de un día y la aldea más próxima quedaba lejos. Con los años aparecieron en el mercado ropa y calzado de gran calidad. Hoy salir al monte no representa mismo problema. Además todos disponemos de vehículos donde llevar ropa y calzado de recambio.
En la cartuchería el cambio fue muy importante. Antiguamente no había mucha variedad y la calidad no era muy buena. La vaina era de cartón y si se humedecía hinchaba y era complicado introducir el cartucho en el cañón e incluso retirarlo después del disparo. Las vainas se aprovechaban para recargar, influyendo mucho en el resultado final la calidad de los materiales y la habilidad del cargador. Ahora la variedad y calidad de los cartuchos no tiene comparación.
Respecto a las armas, también el salto fue brutal. Hace setenta años la variedad de modelos de una escopeta que usábamos era muy variopinta. La mayoría eran yuxtapuestas, los choque solían ser  de una y dos o una y tres estrellas, los calibres solían ser el dieciséis y el doce, muchas de “perrillos” otras ya de aguja percutora oculta, de pletina corta y larga. Donde no había mucha diferencia era en la longitud de los cañones, siendo la mayoría de setenta y un centímetros. También había muchas de un solo cañón. Las escopetas artesanales de gran calidad estaban en manos de gente muy concreta. Posiblemente Víctor Sarrasqueta era la marca más apreciada por los aficionados. Poseer un arma de esta casa en los años cuarenta o cincuenta era un lujo que no estaba al alcance de todos. Conocí alguna Sarrasqueta que con ochenta o más años de antigüedad estaba perfectamente conservada después de un uso intenso. Desde hace ya décadas la oferta de armas y calibres es amplísima con variedad en la longitud de los cañones y los choques.
Antes había más caza y estaba más asentada al no estar tan acosada, lo que propiciaba que aguantase más la muestra del perro. Pero hay que tener en cuenta el trabajo físico que costaba llegar a sus lugares de querencia con la precaria indumentaria que teníamos. Había que tener una buena forma física y mucha afición pues aquí en Asturias el otoño e invierno no suelen ser clementes. Hacíamos buenas perchas pues éramos jóvenes, con afición y buenas condiciones físicas, había buenos tiradores y perros de calidad por lo que cubríamos mucho terreno. El compañerismo en las cuadrillas en las que estuve era total, sin envidias y colaborando para que la jornada  fuese agradable para todos. Aunque en aquellos tiempos se podía cazar todos los días la gente tenía que trabajar en la industria o en el campo y la jornada laboral era más larga por lo que no  cazábamos muchos más días que ahora. A la mayor presión sobre la caza contribuye el aumento de cazadores propiciado por la mejor calidad de vida que tenemos, que nos permite el mejor equipamiento, y sobre todo a la gran cantidad de carreteras y pistas que se construyeron dejándonos el coche en el cazadero en un tiempo prudencial. Todavía se hacen buenas perchas, aunque no con la asiduidad de antaño y quienes las consiguen son gente en la que no decae su ánimo. Bregan muchas horas en el monte, tienen buenos perros y son buenos tiradores. Ayer igual que hoy hay que apuntar bien para matar la caza. Creo que si muchos aficionados tuviesen que cazar en las condiciones de los años cuarenta a los sesenta abandonarían esta actividad o sus salidas al monte serían más esporádicas.
Sobre los perros, ¡ay los perros! Se leen y se escuchan comentarios en los que se asevera que debido a la densidad de caza que había cualquier perro servía, ¡craso error! Lo que si es verdad es que los perros tenían más oportunidades de ver caza, pero siempre y cuando se llegase a sus querencias y que nadie piense que las perdices o arceas estaban en los caminos o a orillas de las carreteras. Había muchos perros cruzados entre razas de pluma y otros resultado del apareamiento de perros de pluma con perros de rastro. Incluso había quien cazaba la perdiz y la arcea con sabuesos, casi siempre aficionados que por motivo económico no podían disponer de un pura raza setter o pointer. Poseer un perro puro en los años cuarenta o cincuenta no era fácil, pues estaban en manos de gente adinerada y o bien disponías de una cantidad importante de dinero o bien algún amigo o familiar tenía amistad con el propietario de alguna cachorrada y por este conducto podías acceder a él. No todos setter y pointer de aquella época eran buenos cazadores, pero muchos de ellos tenían una calidad excelente. Conforme avanza el siglo y merced a la mejoría económica muchos cazadores de a pie fueron adquiriendo animales cada vez más típicos morfológicamente en su raza provenientes en su mayoría de líneas cazadoras por lo que durante una partida de años hubo unos perros con buena morfología y también buenos en el monte. Siguen pasando los años y desde las revistas nos empiezan a bombardear con la bonanza de los llamados perros de líneas de trabajo y competición (con papeles por supuesto). Nos van siendo familiares los nombres de muchos de estos perros, sus pedigrís, su nacionalidad y los premios que consiguen (lo que no nos cuentan es en cuantas pruebas participan). Cantidad de aficionados picamos como pardillos, nos olvidamos de nuestros perros provenientes de estirpes cien por cien cazadoras desde varias generaciones de cuyo rendimiento y tenacidad teníamos conocimiento y compramos a precios elevados este otro tipo de perro con unas morfologías en la mayoría de los casos bastante alejadas de las que estábamos acostumbrados a ver y psíquicamente también totalmente distintos pues estos perros están “diseñados” para hacer casi siempre grandes recorridos en los veinte minutos que dura su turno de trabajo. De su tenacidad y fondo físico en jornadas de ocho o más horas y su comportamiento cuando la caza escasea no tenemos constancia, no sabemos nada. No quiero decir que no haya perros de competición excelentes para la caza pero muchas veces tengo la impresión que cuando adquirimos un perro de estas características es igual que si nos embarcásemos en un buque sin timón. Ahora después de ver vídeos y asistir a pruebas sobre arcea o perdiz en montaña llego a la conclusión de que los perros de hace varias décadas tenían en general más calidad cazadora que los que ahora contemplo. Se me podrá argumentar la menor disponibilidad de encuentros con la caza, pero también hay posibilidad de hacer perros casi de encargo por medio de los pedigrís, de la carga genética de innumerables perros y la valía de cada uno de ellos según los “resultados”. Se me podrá reprochar que con tan poca base informativa emita un juicio tan rotundo. A esta gente les diré que lean las entrevistas publicadas en los boletines de los clubes de razas inglesas a criadores y jueces y verán como leyendo entre líneas (cuando no abiertamente) muchos afirman que el método de crianza de los últimos años o décadas fue totalmente erróneo.


Moscón Roxu: ¿Cuál es tu raza favorita y porqué?
Casimiro: Sin lugar a dudas el pointer, aunque también me encantan los setter inglés y Gordon. La belleza y la plasticidad de un buen pointer nunca la he visto en un setter. Fui, soy y seré pointerman hasta el fin de mis días. En los últimos años se comenta la supremacía del setter sobre el pointer en la caza de la arcea. Nací y vivo en Asturias, zona privilegiada por excelencia para este ave, llevo cazando desde los diecinueve años, maté cientos por no decir miles de ellas y excepto unos pocos años que las cacé con un excelente setter que creo descendía de los perros de Pepe Crepo, reconocido cazador de Gijón, la inmensa mayoría de ellas lo fueron con la ayuda de perros pointer. Durante décadas los pointer fueron los más empleados para cazar arceas, así que tales comentarios no me merecen mucha consideración. Unos porque creo que tienen una base mercantilista y otros porque quienes los emiten no vieron cazar a buenos pointer. Esto no quiere menospreciar ni mucho menos la raza setter ¡faltaría más! sería un iluso o un dogmático y no creo ser nada de eso. Vi algunos buenos setter trabajar la perdiz y la arcea y haré mención a ellos más adelante. Reconozco que el setter por su pelaje está más preparado para adentrarse en la maleza y capear las inclemencias del tiempo, pero los que tengan internet adéntrense en las páginas de los pointer club de Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, etc. y verán al “Dios del viento” (frase por cierto muy utilizada por el director de esta revista) cazar la perdiz nival o el urogallo y otras especies nórdicas con la nieve llegándole hasta el cuello.

Moscón Roxu: Dame algún nombre de los perros que mas te impresionaron cazando.
Casimiro: Durante tantos años vi infinidad de perros de varias razas y calidades. Entre los mejores citaría a la “Tula” de “Manolo Pilina”, el “Pin” de Eloy, la “Selva”, la “Tania”, la “Boira”, la “Cuca”, el “Bobi”, la “Dora” de “Manolo Quitina”, el “Doll” de Manolito, el “Delco I”, el “Delco II” y la “Lerta” de mi propiedad, todos ellos pointer. Entre los setter destacaría a la “Petra” de “Álvaro el de la sierra” y a la “Rita” de Miguel Fernández. Todos estos perros cazaban igual de bien tanto la arcea como la perdiz. En casa también tuvimos un gran perro setter, el “Sel”, pero sólo lo valoro como cazador de arceas pues las perdices que le toco cazar ya eran de suelta y estas no me merecen mucha atención.

Moscón Roxu: Enumérame los lugares en que cazaste.
Casimiro: Fueron muchos así que los diré por comarcas o concejos sino sería muy extenso. En Asturias los concejos de Grado, Belmonte Salas, Yernes y Tameza, Pravia, Somiedo, Pola de Lena, Cangas del Narcea, Ibias, Grandas de Salime, Degaña y Tineo. En Lugo en laz zonas de Abadín y Cadabo, Navia de Suarna. En León en las comarcas de Babia, el Sil, Luna y las Omañas. En Orense en la zona de Viana del Bollo.

Moscón Roxu: Coméntame alguna anécdota.
Casimiro: Las hay por docenas, tanto en el monte como en los pueblos donde quedábamos a dormir cuando la cacería duraba varios días. Cazando recuerdo haber matado una perdiz “rubia” casi totalmente albina. Me pesa no haberla disecado.
También veces de matar dos perdices de un tiro e incluso una vez tres.
En otra ocasión, cazando en la zona alta del concejo de Grado, disparamos a una perdiz y la vimos caer en una tierra donde estaba trabajando un vecino del pueblo. Cuando llegamos al lugar donde la habíamos visto caer aquel señor juraba y perjuraba que no había caído ninguna perdiz pero la “Tula” que era una perra fabulosa olió la chaqueta que el hombre tenía posada en el suelo metió el hocico debajo de la misma y salió con la perdiz en la boca.
En otra ocasión entre los varios perros que llevábamos se encontraba el “Pin” y su hija la “Ena”. Esta era todavía una cachorrilla y al pasar un muro bastante alto que separaba dos prados, los perros veteranos los hicieron sin dificultad, pero la cachorra no pudo franquearlo y empezó a emitir aullidos lastimeros. Entonces su padre al oírla dio la vuelta sobre sus pasos, saltó nuevamente el muro, metió su cabeza entre las patas traseras de la perra y elevándola la pasó al otro lado. Dicen que los perros no tienen inteligencia… a tenor de esto ustedes juzgarán.
Hay otra que recuerdo perfectamente y es ver a la “Cuca” ir hacer el cobro de unas perdices que habíamos matado en una ladera de bastante pendiente. La perra bajó rápidamente y cobró la que había caído a más distancia. Cuando subía con ella le llegó la emanación de la otra que también esta estaba muerta, posó la que traía, hizo el cobro de ésta última, llegó dónde había posado la primera y acomodando las dos en la boca nos las trajo hasta nuestras manos. De esta faena hay muestra fotográfica.
De las anécdotas en los lugares donde descansábamos, decir que en la cuadrilla había al menos un par de componentes que cantaban muy bien canción asturiana y después de cenar, con el permiso de los dueños de la casa, se ponían a cantar y atraían a todos los vecinos del pueblo. En los años cincuenta y sesenta los pueblos estaban muy incomunicados, había muy poca diversión y para aquellas gentes el escuchar aquellos cantares de la tierra constituía un día de fiesta.
Esta es a grandes rasgos la vida cazadora de mi tío. Por supuesto que se podrían llenar decenas y decenas de cuartillas más, pero mi capacidad de redacción es muy limitada y no sería capaz de plasmar todas sus vivencias.

Grado, agosto de 2011