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Ocaso en una mañana de invierno

Javier Armisén

He tenido que detener mis pasos sobre la hierba empapada por el rocío de la mañana. Jadeo y sudo copiosamente. Y eso que como quien dice, acabo de empezar. El sol, semioculto entre las nubes plúmbeas se va alzando sobre el horizonte arbóreo y desnudo que tengo ante mis cansados ojos. No veo a los perros y tampoco escucho el tintineo de la campanilla, tal vez porque además de estar cada día más sordo, los canes estén lejos, rebuscando entre los helechos las ansiadas becadas. Consigo recuperar el ritmo respiratorio y cardiaco, pero muy despacio. Maldito tabaco, maldita artrosis, malditos ochenta años...
Sí, son los ochenta que me pesan como un peñasco calizo. Busco una pequeña roca para sentarme, dejo la vieja Sarrasqueta en el suelo y descanso esperando recuperarme y poder seguir, aunque sea tranquílamente a los perros.
De cuando en vez, un soplo fugaz de brisa hace que se muevan las desnudas ramas y los matos friccionen entre sí produciendo un sonido que he oído innumerables veces. Huelo el monte, la hierba, la esencia del musgo y hasta percibo alguna nota fúngica, tal vez porque alguna corra de lepiotas se encuentre aledaña.
Al fin me levanto y reanudo la marcha. Silbo a los perros mientras camino por una riega algo tortuosa y sumamente resbaladiza. Aparece entonces alegra la Kara, mi joven y prometedora bretona. Se llega hasta mí, le doy un par de caricias y le digo que vamos.
De Cúper ni la campanilla. A lo mejor el pobre está clavado en una muestra que se está haciendo demasiado larga porque yo no estóy ahí para secundarle. Imagino que estaban cazando abiertos porque si es que el Cúper está puesto, desde luego la Kara no le patronea.
La perra vuelve a tomar distancia, pero no tanta, es como si comprendiera que algo no funciona adecuadamente con respecto a su amo y compañero de caza, es decir, yo. Tal vez por eso lacea pero levanta de cuando en vez la cabeza para mantener el contacto visual conmigo.
Al fin escucho el tintineo de otra campanilla. Cúper anda cerca.
Continúo caminando abotargado, tengo frío, me duelen los huesos... Al fin veo al poínter, que va a su aire, largo, ávido de emanaciones, poderoso en avance cualquiera que sea el natural obstáculo que se le interponga hacia el objetivo: encontrarlas.
Entonces ocurre. Cúper se queda parado en muestra. Tensión muscular. Su cerebro procesa la información que le llega de la fina nariz. Kara se acerca a él despacio y se pone a patrón. Preparo el arma mientras me acerco maldiciendo cada palito que cruje bajo las suelas de mis viejas botas. Cúper comienza a guiar un poco, pero se detiene en seguida. Yo estoy preparado, más nervioso e inseguro que nunca. El perro rompe la muestra y acto seguido un poderoso aleteo irrumpe sonoro en el bosque. La veo ya encarada el arma y hago fuego. Cae. Cúper sale tras ella y cobra, viniendo de inmediato a rendirme la presa.
Acaricio a los perros y luego contemplo a la dama del bosque.
Me siento sobre un tronco viejo y pienso en algo que siempre he tratado de evitar. Mis ojos marchitos se llenan de agua, de agua salada que en modo de lágrimas recorren mi ajado rostro, curtido por las miles de intemperies que han vivido y por la edad.
Sé, lo comprendo, que esta ha sido la última becada de mi vida.